Hay una media de mil quinientas ideas que existen en un cerebro humano cada día.
Se esconden bajo la persiana mental del pensamiento.
Dejarlas ir a todas sin restricción alguna deshincharía los pulmones. La lengua se enredaría sobre sí misma, y las consonantes desgastarían los dientes, dejándolos a todos inservibles y redonditos, como las perlas a las que se les compara en poemas antiguos.
Es por eso que las mil quinientas ideas se reparten:
Unas cuantas decenas se dirigen a la rueda de hámster pre-REM. Luego se configuran de la manera más enrevesada posible para decir algo importante sin que se pueda comprender.
Cientos de ellas se escurren en palabras que escuchan otros oídos durante las horas de luz. A menos que la luz se acompañe de lluvia, en ese caso son doscientas diez.
Luego hay otras cincuenta de “y si”, “si yo hubiera” y “pero y si fuera”.
Otras trescientas ideas se suelen escurrir en soledad, con espejos cerca o incluso enfrente.
Por supuesto, también quedan entre veinte y setenta ideas que se plantan como enormes secuoyas inamovibles bajo el título de “yo creo”.
Eso y todas las demás que van a parar a otro cajoncito…
Una vez asimilado lo anterior, también hay que saber con claridad (o si no, hay que suponerlo con ganas) que “una idea que solo existe hacia dentro, es una idea que te dejará sin aliento”. Si tu verdad rima, otros sabrán que es cierto, y si no rima, buscas que rime con el peligro de sonar cantarín, prepotente y pedante.
“El mundo está empalabrado
¿Quién lo desempalabrará?
El insensato desempalabrador que lo desempalabre, en la anomia se perderá”.
Ahí está la clave. Las ideas del humano actual existen bajo las poderosas leyes de la comunicación empalabrada. Una idea muda, ¿qué clase de horror sería? Sean las que sean las ideas y sean como sean que las hayamos repartido, es importante empalabrarlas con sensatez. Dentro, fuera, plasmada en objeto destructible y no destructible, en tus labios o en los de otro, como abstracto en la pradera del sueño o como concreto indivisible. No estamos para dejar las ideas cogiendo polvo en el rincón de “pff, para qué”. Si uno apila sus ideas en ese sucio rincón, se engordará en asfixia como un globo y reventará también como uno. No es una predicción desmesurada, si no pregúntale al artista más cercano, seguro que conoce a alguien que reventó de algo similar.
Escritores, Pintores, Cineastas, Fotógrafos, Bailarines, Escultores y miles más. Los artistas viven haciéndolo. Hasta los más principiantes desde muy aprendices se les enseña a desacreditar el síndrome de “la hoja en blanco”… Aun así, verás maestros que pequen de lo mismo. Verás cómo pecan contra sí mismos aun sabiendo que sus ideas repartidas hacia el campo de la expresión personal están esperando con ansias a ser empalabradas.
“Si sabes que importa, entonces aporta”.