Mi niño, mi Quifo. Cada día te veo más vivo, más lleno de color. Te estás haciendo fuerte y estás creciendo mucho. Muy rápido. Todavía recuerdo cuando eras pequeño y frágil, tan solo lo suficientemente grande como para poder sostenerte en mis brazos. En mis manos.
La primera vez que pude abrazarte, eras apenas un comienzo, una promesa. Eras una promesa de vida, de dedicación y de afecto incondicional. Una promesa de cambio, porque ibas a cambiar, claro. Y eso has hecho.
A pesar de las miradas juzgonas y de los comentarios que me pesaban en los hombros, yo sabía que iba a estar contigo en cada paso. Eso intenté. Te guié y te apoyé cuando lo necesitaste. Te nutrí y te quité la sed. Te protegí del calor y del frío. A pesar de los de fuera, eso hice. Pero lo que ellos no entendían es que tú también me cuidabas a mí. Te hablaba cuando no podía dormir, cuando me pesaba todo demasiado. Aunque no entiendas palabra alguna de tu pobre madre, tus dedillos se sentían bien en mis manos. Notaba que, de alguna forma, mis palabras te hacían crecer más, estar más a mi lado.
Es una verdadera pena, mi niño, que nunca hayas podido pronunciar tus propias palabras ni llorar tu propio llanto. Me pregunto si me reprocharías algo. Si sabrías hablarme como yo te he hablado o si yo tendría que aprender a escuchar desde cero solo por ti. Me pregunto si me dirías “te quiero” o si sabes lo que es quererme como yo te quiero.
Me pregunto si podría escucharte llorar cuando algo te pesa y te duele, tal y como me has escuchado a mí otras decenas de veces. Muy tarde y muy dormida. No puedo evitarlo. No puedo evitar esperar que crezcas mucho más de lo que puedes crecer. No puedo evitarlo, y no puedo evitar llamarte mi niño. Incluso con las miradas y el silencio. Los comentarios y las condescendencias. No puedo evitarlo: lloro y te hablo.
El otro día lloraba. Lo sé. La otra noche era muy tarde, hacía frío y me abracé a una manta. Me quedé dormida llorando y soñé que no lloraba yo, que llorabas tú. Llorabas porque podías respirar. Llorabas porque podías estirar los brazos y buscarme. Llorabas e intentabas balbucear, verme con tus ojos. Llorabas con esos ojos pequeños, redondos y reales. Tan humanos. Lloraba desconsoladamente, abrazada a la manta, porque en mi sueño tú podías llorarme a mí.