Cuando creo que ya está menos caliente, le doy un sorbo.
No, sigue igual de caliente.
Aunque llevo como diez minutos esperando a que se enfríe.
Le sigo dando vueltas con la cuchara, vueltas, vueltas y más vueltas.
Soplo con una fuerza que hace que se salga un poco de café y se quede en el vaso.
Le doy otro trago esperando que esté más frío.
Me frustro al saber lo caliente que está.
No puede ser.
Me levanto dejando la cuchara en la mesa bruscamente.
—Oye, tráeme un vaso con hielos, por favor—
—Sí, ahora te los llevo—
Cuando me deja el vaso encima de mi mesa, cojo la taza y le echo todo el café.
Le doy más vueltas con la cuchara.
Creo que ya estará.
Pero aun así sigo dándole vueltas.
Deberían haberle echado más hielos.
Le doy un sorbo pequeño.
Mierda, sigue estando demasiado caliente.
Necesito que esté frío.
Muy frío.
Frío como me sentía en esta misma mesa hace no mucho.
Frío como todas esas llamadas sin respuesta.
Frío como nuestra amistad.
Frío como desde entonces se quedó nuestra cafetería favorita.