Era difícil no oírla. Intercambiaba entre gritar y chillar de un momento para otro. Oscilaba de lado a lado según la rabia que guardara dentro. Mucha. Su ropa no se veía especialmente sucia, pero estaba arrugada, como si hubiese tirado de ella en muchas direcciones. Pobrecita.
De vez en cuando, los agentes de la esquina le echaban un ojo. Porque subía mucho el volumen de sus gritos, porque lloraba y se limpiaba los mocos con un clínex, porque golpeaba su cartel de cartón con indignación, o porque se sentaba a beber agua. Supongo que estaban ahí para asegurarse de que no estaba borracha o montaba demasiado escándalo. Cansina.
Incluso sentada, la pierna de la señora temblaba arriba y abajo como una taladradora. La conciencia le impedía tranquilizarse. Lo que sabía era demasiado pesado e importante como para detenerse. Así que cogía impulso, se levantaba, agarraba el cartel y volvía a pegar voces. Desequilibrada.
Creo que todos la estaban oyendo, pero nadie que estuviera caminando se paraba y nadie que estuviera parado se quedaba a escuchar. No era cómodo. No era agradable atender a todas esas cosas tan reales que salían de su boca, mucho menos con un tono tan vivo y rasgado por la emoción humana. Lunática.
No pude evitar preguntarme en si sería diferente. ¿Si esta mujer llevara traje caro, estuviera recta y serena, tuviera una cámara carísima delante, hablara con un tono de voz ensayado, claro y casi robótico, usara palabras muy pulcras, pero no cambiase el mensaje… alguien se pararía a escuchar?
Pero luego me di cuenta de que no sería el caso. Alguien así nunca estaría en la calle gritando con angustia sobre temas tan humanos como los que voceaba esta señora. Estaría hablando de números y de dinero. Esa otra voz sí tendría a todo el mundo atento. Si fuera esa otra voz la que hablara, todo el que estuviera caminando se pararía, y el que estuviera parado se quedaría a escuchar.